Que la tendencia del periodismo moderno es hacia la interpretación es algo que se sabe y se practica en buena parte de las salas de redacción de los medios -aunque no pocos de ellos se empeñen en continuar con su habitual apego al periodismo de declaraciones, más conocido como “decalaracionitis”-.
Sin embargo, esa práctica de la interpretación tiene no pocos riesgos, que pueden llevar a la desinformación y manipulación, producto de la falta de capacidad profesional o por intereses específicos del medio o del periodista.
Un poco o mucho de las dos cosas sucedió con la información publicada con amplio despliegue, a fines de julio e inicios de agosto, sobre la supuesta decisión del presidente de Bolivia, Evo Morales, de expulsar de su país a la transnacional Coca Cola, ícono del capitalismo.
Todo comenzó con la declaración del canciller Choquincahua, el pasado 13 de julio, quien dijo que “el Gobierno invitará a mandatarios y grupos indígenas del mundo a celebrar en Bolivia el solsticio de verano, el 21 de diciembre, por considerar que ese día se producirá ‘el fin’ del capitalismo y de la Coca Cola (…) y el comienzo del mocochinche (refresco de durazno)’”…, según información publicada en los medios.
Como dice la agencia de noticias española EFE, “En los últimos días, la declaración fue interpretada de diversas formas en los medios, pero la versión más extendida fue que el presidente Evo Morales expulsará a Coca Cola en esa fecha, en coincidencia con el supuesto fin del calendario Maya”.
¿Fue esa una interpretación correcta? Para nada. Fue más bien una especulación de ciertos medios (que tuvo amplia acogida en sitios de noticias, portales y redes sociales) que encontraron en esta posibilidad interpretativa (pero antojadiza y, por ello, irresponsable) una gran oportunidad para hacer su “agosto”: cosechar lectores mediante el despliegue de grandes titulares “vendedores”, con la seguridad de que iba a generar -como en efecto sucedió- las consabidas reacciones de las propias autoridades de Gobierno, de los representantes de la empresa supuestamente perjudicada, de prestos “analistas” nacionales e internacionales, del público consumidor, en fin… La noticia convertida en mercancía. Añadido a eso, la buena posibilidad de criticar en análisis sesudos e informaciones oportunas la desquiciada decisión del presidente de uno de los gobiernos del “eje del mal”. ¡Bingo!
Que fue una interpretación intencionalmente sesgada por parte de ciertos medios lo demuestra el hecho de que se informó que, junto a la Coca Cola, será también expulsado el gigante de comida rápida (léase “comida chatarra”) McDonald’s, cuando esta empresa ¡quebró en Bolivia en el 2002!, tras haber fracasado en su intento de imponer una cultura gastronómica distinta a la del país del altiplano.
Leamos lo que al respecto dijo la misma agencia EFE: “Incluso algunos medios indicaron insistentemente que también se iría del país en la misma fecha la cadena estadounidense de comida rápida McDonald’s, que cerró sus sucursales en Bolivia en 2002, después de cinco años de operaciones, debido a su baja rentabilidad (el subrayado es mío)”.
En nuestro país, el periódico electrónico Ecuadorenvivo.com, no solo que cayó en el mismo error de imprecisión, sino que lo potenció. Para ellos, no solamente que Evo Morales expulsará a las dos empresas, sino que ¡ya las expulsó! ¿Qué tal periodismo de precisión, verdad? Así tituló, el 1 de agosto, este medio electrónico: El presidente Evo Morales expulsó a Coca Cola y McDonald’s de Bolivia. No dio a conocer el origen de esta información, por lo que a él le corresponde asumir enteramente la responsabilidad de estas falacias. Bueno, esto de que le corresponde asumir la responsabilidad es un decir. Eso lo hacen quienes trabajan con cánones de profesionalismo (de hecho, han pasado ya ocho días desde la publicación de esa información errada y el medio no ha dicho nada).
Hace unas cuatro décadas, aproximadamente, el lingüista y escritor ecuatoriano Hernán Rodríguez Castelo tenía en el ya fenecido diario El Tempo, una sección llamada “La cárcel de papel”, a la que simbólicamente enviaba a los periodistas que, en la redacción de sus notas, habían faltado a la rigurosidad en el manejo del idioma. ¿No se podría crear un espacio similar para sancionar moralmente -nunca judicialmente- a los periodistas que incurren en errores intencionales o no como el aquí analizado? La práctica de la autocrítica es una de las principales exigencias del buen periodismo, pues ayuda a crecer al periodista, al medio y es el mejor signo de respeto a los lectores.
Esta autocrítica urge pues, como dice el reconocido escritor británico David Randall, en su libro El periodista universal, “Afuera nos amenazan los enemigos de la libertad de expresión y adentro los periodistas que traicionan el rigor y la calidad”. Apostemos a la rigurosidad y a la calidad y no a la mediocridad, esa es la propuesta.
(Publicado originalmente en www.ciespal.net/mediaciones)
